Ave Sidra Purísima. 

El escanciador parece querer marcar con sus brazos las seis de la tarde en punto, mientras saca desesperadamente las manos por los extremos del reloj. Descoyunta su cuerpo e inclina levemente la cabeza con la elegancia de un bailarín del Bolshoi, que en su último gesto, antes de los aplausos, gira suavemente la muñeca.

Cae, vida que detiene la vida unos segundos. La sidra "espalma" rompiendo en el vaso, "abre" llenándose de oxígeno, y con un ofertorio entre silencioso y displicente, el cristal cambia de mano. Su recorrido hacia la boca sólo ha de tener una pausa, como mucho; la de observar durante un segundo la efímera espuma que blanquea el tono de la bebida.

 

Luego, un sorbo constante, cuatro tragos y seis sentidos, con el vaso aún en la mano antes de viajarlo hasta la barra y dejarlo en compañía de la botella. El ritual ha terminado. Como un cura, el echador es un actante, no un actor. Se cree lo que hace, no sólo interpreta. Dice misa, entre cariñoso y distante, para la feligresía de la barra, y transustancia el zumo fermentado de manzana en sidra, en la consagración del escanciado. Si es buen cura, atenderá la parroquia de botella en botella con una cadencia constante que no agobia pero impide el secano, cuidadoso también de los parroquianos maniáticos que requieran otro tempo distinto.

No debe disturbarse el ritmo, un exceso de confianza o citar a destiempo, sacándole de su paso, puede provocar el efecto contrario al deseado o convertir en invisible al penitente. Ni que decir tiene que si la botella está en lo alto, pecado es parar la consagración. La sidra tiene "palos", y como los bastos o los oros, son los lagares que la hacen.

 

Hay palos buenos y malos, regulares y sabrosos, busque el que más le guste, sobre esto no encontrará nada escrito.

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